lunes, 2 de diciembre de 2013

Palabras de un monje


Con el paso de los años me voy dando cuenta de la increíble cantidad de cosas que uno aprende de la vida a través de otras vidas. Los libros siempre han sido una gran fuente de aprendizaje pero para mí, no hay nada como nutrirse de la sabiduría de las personas. Este domingo tuve la oportunidad de conversar con un monje de 70 años que lleva más de media vida residiendo en un monasterio. Una de las cosas que más me apasiona de la vida es charlar con gente que no conozco, porque no parto de ninguna base, porque no puedo juzgar, porque empiezo a escribir en un papel en blanco, sin pautas. Que rápido creemos conocer a la gente que NO conocemos y como nos cuesta llegar a conocernos a nosotros mismos.

Marc, que así es como se llama el monje, ha pasado una vida entera en un monasterio donde sólo ha estado rodeado de piedras o libros y, de verdad, vi en sus palabras que ha aprendido grandes cosas a través de la simplicidad de su estilo de vida.  

Una de las preguntas que éste formula a sus visitantes del monasterio es dónde ellos viven. Cada uno, asombrado por la pregunta, nombra alguna población del territorio catalán de la que proviene. Absorto, el monje explica a las personas presentes que no deben olvidar que sólo viven dónde en ese momento tienen sus pies. Que viven en el ahora y más concretamente en el espacio concreto que pisan. Este lema me recuerda a un interesante poema de Borges ideales del cual admiro mucho, un poema que cuenta aquello de Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora”. Y es que queremos ser y estar en muchos lugares, y no terminamos yendo a ningún sitio. Quizá deberíamos ser más conscientes del instante, del vivir in situ.

En esta charla con el monje aprendí sobre los defectos, también. Defectos que él jura no ver en las personas. El monje me comentó que en los errores de la gente él sólo veía limitaciones, no defectos. Afirmando que, si nos mostramos como seres defectuosos, dejamos que la gente nos menosprecie, sabiendo que fallamos y que es por causa ajena a nosotros. En cambio, diciendo que tenemos limitaciones, dejamos a entender que no somos perfectos pero que intentamos con empeño todo aquello que podemos.

Y así, en una conversación de una hora y media, podría incluir cantidad de conocimientos y saberes que presuponemos saber (aunque no es así). Con todas las preocupaciones, con todas nuestras ambiciones, con todo lo que no vemos... nos olvidamos de la simplicidad de la vida. 

Como decía el monje: Respirar, dar gracias, tirarse los problemas a la espalda, sentir. 

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