viernes, 4 de octubre de 2013

Manos sin recuerdos


Me gusta mirar las manos de las personas, son todo el reflejo de una vida y de un mismo ser. Te gritan y te callan todo lo que han vivido con sólo tocarlas y sentirlas, te reconfortan, te calman, te cuentan historias y te son cercanas. 

Hay muchas manos diferentes pero ahora sólo quiero hablar de ese tipo de manos. Aquellas que han notado el paso del tiempo y ahora no dejan de temblar, y no precisamente por el frío. Manos que forman parte de sus dueños, manos de un cuerpo dueño del Alzheimer, un cuerpo que ni siquiera puede recordar su enfermedad por sí mismo. 

Hay personas a las que, desgraciadamente, les llega el punto de su vida en que ya no recuerdan el pasado, el presente les es estrepitosamente fugaz y ni tan siquiera creen en la posibilidad de ellos mismos ser futuro. Personas que, con o sin arrugas en sus manos, empiezan a olvidarse incluso a sí mismas. Empiezan a odiar su comida favorita porque no se acuerdan del sabor y el placer que les producía. Empiezan a olvidar nombres de sus familiares más próximos, esos que siempre han estado ahí en los buenos y en los malos momentos. Empiezan donde todo termina pero empiezan, porque eso al fin y al cabo es por lo que luchan, por los miles de comienzos que tienen cada día. Personas que, aunque lo olviden todo con gran brevedad, destacan porque viven cada segundo como si todo fuera nuevo. Como si empezaran a conocer gente nueva, sabores nuevos, sensaciones nuevas. Como si vivir contara el doble. 

Personas de las que sin duda tengamos mucho más que aprender que enseñar. Porque la vida está hecha de instantes y a veces el pasado no cuenta para nada. Quizá deberíamos tener más paciencia y cuidar de aquellos que no saben cuidarse a sí mismos. No porque ellos salgan ganando, sino porque somos nosotros los que no vamos a perder nada cuidando de NUESTROS mayores. 

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